El arte de habitar el proceso: Erich Fromm y el amor a la vida en tiempos de prisa

Se vive en una época que premia la velocidad. Se mide el éxito de los días por la cantidad de tareas tachadas en la agenda y, a veces, esa misma urgencia se traslada al tiempo libre. Se consumen ciudades al ritmo de un segundero, acumulando fotos en el teléfono como si fueran trofeos de un territorio conquistado. Se pasa por los lugares, pero pocas veces se deja que los lugares pasen por uno.

Proponer una pausa en medio de esa inercia es quizás uno de los mayores desafíos culturales del presente. Para entender el valor de ese freno de mano consciente, el pensamiento del psicoanalista humanista Erich Fromm y su desarrollo en torno a “el amor a la vida” funciona como una brújula perfecta. Su filosofía invita a entender el acto de viajar y aprehender el mundo no como una carrera de fondo, sino como una expresión del arte de vivir.

El peligro de convertirse en "eternos consumidores"

En su obra, Fromm advertía sobre un riesgo que hoy parece haberse multiplicado: el peligro de convertir al ser humano en un consumidor pasivo de la realidad. Explicaba que la sociedad moderna a menudo confunde el bienestar con el bien tener, empujando a coleccionar experiencias, objetos o paisajes bajo la premisa de la acumulación y el estatus.

"Si soy lo que tengo y lo pierdo, ¿quién soy?", se preguntaba el filósofo.

Cuando se transita una geografía o una cultura con prisa, se corre el riesgo de mirar la realidad a través de una lista rígida de expectativas e "imperdibles" prefabricados. De este modo, la frescura de un entorno vivo se transforma en algo estático, predecible y controlado. El individuo se vuelve entonces un mero espectador del paisaje, un acumulador de destinos, en lugar de un participante real de la experiencia.

Habitar la "Biofilia": el asombro por lo vivo

Frente a la mecanicidad y la automatización del día a día, Fromm proponía despertar la Biofilia: el amor apasionado por la vida y por todo lo que está vivo. La biofilia no es una abstracción; es una postura de profunda conexión y resonancia con el entorno. Se manifiesta en la capacidad de conmoverse ante la naturaleza, en la lectura comprensiva del diseño de una fachada antigua que narra una historia o en la atención puesta en el murmullo cotidiano de un café de barrio.

Bajo esta lente, la actividad no se mide por correr de un lado a otro con itinerarios milimétricos. La verdadera actividad, para el humanismo, es interior y cualitativa. Consiste en la concentración durante una conversación, en la escucha de los sonidos de un parque y en el coraje de transitar una calle desconocida por el puro interés de descubrir su identidad genuina, sin más utilidad que el propio presente.

El goce del proceso (Elegir el "Ser")

Amar la vida, al estilo de Fromm, implica abrazar la orientación del Ser por sobre la del Tener. Significa aprender a disfrutar del proceso por el placer de experimentarlo, desplazando la obsesión contemporánea por el rendimiento, la productividad o el resultado final.

No se trata de llegar primero, sino de estar completamente presentes en el espacio que se habita. Se trata, en definitiva, de cambiar el "estuve ahí" por el "sentí ahí".

Frente a la uniformidad del turismo de masas, la alternativa radica en aprender a dejar espacios en blanco en el mapa. Apagar el piloto automático, bajar el ritmo y encender la consciencia son las herramientas necesarias para recuperar la experiencia. Porque, como bien enseñó Fromm, el fin de la vida es simplemente vivirla: estar totalmente despiertos a la belleza impredecible de cada paso.

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