Desde que tengo memoria —desde esa edad en la que uno decide qué recordar y qué no olvidar— he recorrido mi país. He andado miles de kilómetros de rutas: primero de la mano de mis padres y, más tarde, construyendo el camino con mi propia familia. Hemos viajado en hostels, carpa, casa rodante, motorhome y en cada hospedaje que se puedan imaginar. Así, paso a paso, conocí mi Argentina de norte a sur y de este a oeste; cada rincón, cada recoveco inalcanzable.
En ese andar, aprendí realidades distintas en cada pueblo, ciudad, paraje o lugar olvidado. Vi montañas de todos los colores, tamaños y formas; lagos, lagunas y ríos —algunos cristalinos, otros no tanto—. En mi retina, y sobre todo en el alma, han quedado grabados mares, acantilados, golfos, bahías, desiertos y salinas; glaciares de matices azulados y fucsias al atardecer; cascadas, cataratas y tierras rojas. Atravesé selvas impenetrables, bosques centenarios y caminos de ripio sin fin. Sentí la nieve, el calor agobiante y ese viento de más de 80 km/h que te vuela el alma. Viví cuestas que te dejan sin aliento y mareas inesperadas que te obligan a correr, hasta llegar a ese cartel que reza, simplemente: “Fin del Mundo”.
Guardado en el corazón llevo también los
encuentros: ¿Cómo olvidar las noches de coplas en un camping en Tafí del Valle
comiendo empanadas tucumanas? ¿Cómo no recordar la visita a la casa de la
infancia de mi abuela en Animaná, Salta? Allí, entre sus paredes, conocí una
pequeña porción de mis raíces. Con esa misma emoción, es imposible no
conmoverse ante una vista panorámica sobre un acantilado patagónico, mirando el
océano Atlántico junto a una cruz deteriorada por el paso de quién sabe cuánto
tiempo, sobre la sepultura de aquel almirante desconocido. En ese instante,
frente a la inmensidad, grité con el corazón: “¡La pucha, vale la pena estar
viva!”. Esas rutas patagónicas, eternas y de vientos inimaginables, te enseñan
la escala de nuestra tierra. Argentina es enorme y bella por excelencia.
En cada tramo del camino vi cóndores sobrevolando
nuestras cabezas, campos de lavanda, lluvias torrenciales en parajes donde
“nunca” llueve y amaneceres dorados en la Pampa Húmeda, con su ganado y campos
sembrados; girasoles al sol, seguidos de atardeceres infinitos sobre la Ruta
40. Recuerdo miles de pingüinos cuidando a sus crías, centenares de flamencos
rosados y negros alzando vuelo al unísono, y decenas de toninas danzando en las
aguas de San Antonio Oeste. Entre kilómetros de playas de piedra, ganado ovino
y faros olvidados, la naturaleza late con fuerza en lugares hermosos como
Camarones. Son historias no contadas y tierras despojadas; trenes desechados y
nuestra bandera flameando orgullosa en cada destino alcanzado.
Tampoco olvido las aventuras que nos hicieron reír
y sufrir un poco: quedarnos varados con el auto y la casa rodante en un camino
rural de tierras blandas y resbaladizas bajo una tormenta descomunal, llegar a
un badén lleno de agua sin retorno y no poder girar, o alcanzar destinos justo
después de un alud. Recuerdo a mi perro casi llevado por un ave rapaz o poseído
por miles de garrapatas en medio de la ruta; ducharnos en baños sin techo con
un frío de morir o bajo un cielo lleno de estrellas y luna llena; y lavar la
verdura en un camping con agua termal a 40 grados (¡se imaginarán cómo quedó la
ensalada!). Comimos truchas que eran "re truchas" pero estaban
ricas... y la lista podría seguir hasta el infinito.
Porque este es, sencillamente, mi país. El que se vive, el que se siente; el que amo y respeto a pesar de sus defectos y por sus hermosas virtudes. Es la tierra que me vio nacer, me crio y me convirtió en quien soy hoy. Historia, cultura y patrimonio brotan por todos lados; si buscas, ahí están, marcando nuestro pasado y recordándonos que somos un gigante de América del Sur. Somos latinoamericanos, y lo llevamos con orgullo.
